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Opinión Act. 09 agosto 2021

Dinero digital y bancos centrales

Pablo Urbiola, responsable del equipo de Regulación Digital de BBVA analiza la posibilidad de que los bancos centrales comiencen a emitir monedas digitales, las conocidas como CBDCs, y sus ventajas e inconvenientes ante el interés creciente por parte de los bancos. En su opinión, “requiere de una evaluación cuidadosa no solo de las oportunidades sino también de los riesgos, ya que pueden tener un impacto significativo en el funcionamiento del sistema financiero”

Los principales bancos centrales del mundo están analizando la posibilidad de emitir monedas digitales con las que ciudadanos y empresas puedan realizar pagos y transacciones cotidianas de forma electrónica. Aunque el concepto de “monedas digitales” se asocia casi inevitablemente a criptomonedas como el bitcóin, las monedas digitales de banco central, conocidas como “CBDCs” por sus siglas en inglés, poco tienen en común con aquellas. A diferencia del bitcóin, que no tiene un emisor, o de la moneda virtual impulsada por Facebook (Libra/Diem) –respaldada por un emisor privado–, las CBDCs están emitidas y garantizadas por el banco central, de forma que su valor es tan estable y seguro como el de los billetes y las monedas. Un euro en CBDC sería el equivalente digital a un euro en efectivo.

Según una encuesta reciente del Banco de Pagos Internacionales, una amplia mayoría de bancos centrales están explorando las ventajas e inconvenientes de las CBDCs, y muchos de ellos ya están avanzando desde la investigación conceptual a la experimentación práctica. De hecho, Bahamas se convirtió el año pasado en el primer país en contar con su propia moneda digital, China está probando su yuan digital en varias ciudades del país, y Japón acaba de anunciar que va a experimentar la factibilidad técnica de una CBDC. En este contexto, el Banco Central Europeo publicó en octubre del año pasado un informe sobre el “euro digital” en el que plantea la necesidad de estar preparado para poder emitir una CBDC si es necesario en el futuro, y en los próximos meses decidirá si comienza una fase de investigación para desarrollar un mínimo producto viable.

Varias razones explican este interés creciente de los bancos centrales en las monedas digitales. Por un lado, la propia competencia entre bancos centrales, que no quieren quedarse atrás ante el riesgo de que una CBDC extranjera gane tracción más allá de sus fronteras y suponga una amenaza para sus monedas domésticas y su soberanía. También, la amenaza similar que pueden representar las monedas digitales privadas, sobre todo aquellas de alcance global impulsadas por grandes empresas tecnológicas. Por otro lado, los bancos centrales temen que el progresivo desuso del efectivo como medio de pago –que se ha visto acelerado durante la pandemia– acabe relegando al dinero de curso legal (los billetes y las monedas que ellos emiten) a la irrelevancia y creando una excesiva dependencia del dinero y los medios de pago privados. Por último, aunque algunos bancos centrales también señalan las oportunidades de innovación y eficiencia en pagos como motivación para emitir una moneda digital, lo cierto es que el valor diferencial que puede aportar una CBDC no es obvio en aquellas economías con un sector financiero desarrollado e innovador.

En cualquier caso, la emisión de CBDCs requiere de una evaluación cuidadosa no solo de las oportunidades sino también de los riesgos, ya que pueden tener un impacto significativo en el funcionamiento y la estabilidad del sistema financiero tal y como lo conocemos. Bajo ciertas circunstancias, podría producirse una sustitución de depósitos bancarios por dinero digital del banco central –más fácil de almacenar que el efectivo– y esto podría alterar la estructura de financiación de los bancos comerciales y su capacidad para proveer crédito a la economía real. En su informe sobre el euro digital, el BCE es plenamente consciente de estos riesgos y, para evitarlos, propone diseñar el euro digital de forma que sea un medio de pago atractivo pero se evite su uso como forma de inversión. Además, apuesta por un modelo de distribución de dos capas que preserve la relación de los intermediarios privados (bancos y otros proveedores de pagos) con los usuarios finales. Esos intermediarios serían los encargados de dar de alta a los usuarios en sus cuentas o monederos de euros digitales y podrían ofrecer también otros servicios relacionados de valor añadido.

Trasladar estos principios generales a un diseño concreto del euro digital plantea desafíos y preguntas importantes. Por ejemplo, cuál sería la forma más efectiva de limitar el uso del euro digital como instrumento de ahorro, no solo en circunstancias normales sino también en periodos de mayor incertidumbre o de crisis financiera, cuando el dinero del banco central se vuelve más atractivo. O qué funcionalidad básica de pagos debería ofrecer el euro digital, desarrollada y estandarizada por el BCE, y dónde debería empezar el espacio para la innovación y la competencia entre actores privados, con servicios avanzados construidos sobre esa funcionalidad básica. Responder a estas y otras preguntas requiere un análisis técnico exhaustivo que combine el conocimiento tecnológico y el económico, y un diálogo continuo entre las autoridades, el sector financiero y los usuarios a los que se dirige el euro digital.